Jueves, 02 Febrero 2017 03:07

Sobre cómo decir adiós

Escrito por  Sofía Anacoreta
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Olvide la cara y, por supuesto, el nombre de aquel que acaba de conocer. Que su mente no se detenga en él, ella, o su recuerdo, más de los cinco minutos recomendados por la ciencia. 

Continúe con su vida, dejando atrás ese encuentro fugaz que nada significó, y concéntrese en lo realmente importante: lo que esté viviendo en ese momento y los otros saludos que se le presentarán diariamente y  que de igual manera debe ignorar.

Levántese cada mañana como es costumbre, y cumpla con la rutina autoimpuesta que le permite tener orden, disciplina y  método en el existir. Suba a su auto y conduzca por las enmarañadas calles de su ciudad. Disfrute del tránsito a su alrededor y, si así lo desea, diviértase de las desventuras ajenas que ocurren en el entorno. Escuche la radio de manera interminable, llene su memoria con letras de canciones que no recordará, y desconozca el acontecer religioso y político que lo rodea.

Haga, con gusto o sin él, lo que sus jefes le solicitan. Compre, pague, consuma, ejercite, lea, escriba, coma…….vomite; satisfaga todo lo socialmente aceptado. Cuando se los encuentre, sonría con hipocresía a aquellos cuyos perfiles ya borró y de cuyos nombres no se acuerda. Esos saludos iniciales correspondidos políticamente.

Siga el camino amarillo que lo reclama día con día. Cuide no salirse de él en ninguna faceta de su actuar. No permita, bajo ninguna circunstancia, que, de pronto, aquella reverencia original e ignorada, se gane una cara y un nombre en su memoria. No acepte que esa fría mano ofrecida como cortesía, se torne en la cálida que le lleve por la calle de manera atenta. Que en un instante, el desconocido ya no lo sea más, que se convierta en una persona de verdad para usted, y peor aún, que le importe su acontecer.

No deje que su corazón comience a preocuparse de ese otro ente que antes no estaba  y ahora le acompaña al cine, al teatro, de viaje y de regreso. Menos le permita entrar en la vida que con mucho esmero ha procurado mantener en paz, que traspase el umbral y rompa esos esquemas que tanto le ha costado construir y se dé cuenta, demasiado tarde, de la ilusión que “eso” ha engendrado en lo profundo de su ser.

Evite abrirse y entregarse por completo, ofrecer lo mejor de usted y no construir altas paredes de adoquín. Aléjese a tiempo, cuando note que lo extraña. Cuando le hagan falta sus palabras, sus brazos y sus atenciones. En el momento en el que se pregunte qué fue lo que hizo mal para que, el ahora conocido, se aparte como caminando entre neblina. Cuando, en su mente, por las noches reconstruya los momentos y las palabras, y no encuentre cuál fue el dicho equivocado o el acto erróneo que lo acerca de nuevo a la soledad.

Y si ya es demasiado tarde y todo esto ha ocurrido. Si los insomnios pensantes y los ayunos desmedidos no le permiten estar, vaya con su terapeuta, háblele y explíquele la situación, llore por cinco minutos (no más, que es lo científicamente recomendado), respire profunda y lentamente, vuelva a su casa tranquilo y acérquese otra vez al camino amarillo. Escriba esto en un computador, imprímalo, hágalo trocitos, métalos a la boca, mastique y trague con atención y  cuidado. Total, que de amor nadie se ha muerto y por un poco de celulosa, menos aún.

 

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